Amanecerá y veremos…


Amanecerá y veremos, era un dicho que mi abuela solía decir cuando alguien le prometía cosas que no se podían cumplir. Desde el 16 de abril se ha sentido la solidaridad de todo el pueblo ecuatoriano con las víctimas del terremoto de 7.8 que devastó gran parte de la costa ecuatoriana. Los supermercados quedaron desabastecidos pero no por el impacto económico que podría tener el hecho, sino por la preocupación de las personas por hacerse presentes con algún donativo ya sea en alimentos, vituallas o implementos de aseo para sus hermanos afectados. 

Poco a poco las redes sociales se llenaron de mensajes esperanzadores y también de uno que otro desatinado conflicto de polarización política, sin embargo la tónica estuvo siempre salpicada de solidaridad. 

Ha pasado una semana desde el desastre, miles de ciudadanos han decidido dejar sus zonas de comodidad e ir hacia los sitios afectados, unos para constatar con sus propios ojos el nivel de devastación y otros, para contribuir con iniciativas particulares u organizadas para paliar en algo la crisis que advierte el desastre en todo lo relacionado a primeros auxilios y servicios básicos. No es fácil, muchos de ellos colapsan en su intento por ayudar, la impresión es más fuerte que el mismo deseo de colaboración. De todos modos allí están, juntos como un puño hermanado. 

Mientras pasan los días, la esperanza de encontrar sobrevivientes decae y por el contrario crece la incertidumbre sobre todo de saber cómo el gobierno actuará para resolver la calamitosa situación de miles de ecuatorianos. Para ello la experiencia nos ha dado algunos ejemplos que se pueden citar: En 1987 poco antes de finalizar el gobierno de León Febres-Cordero un terremoto de magnitud 6,9 sacudió la zona amazónica de El Reventador afectando a más de 150 mil personas y con un número de fallecidos que llegó al millar, no como resultado del movimiento telúrico sino por el efecto de deslizamientos de tierra y deslaves. Ese incidente implicó además la rotura del oleoducto transecuatoriano (SOTE), lo cual representó una pérdida económica millonaria para el país. De acuerdo a medios como El Comercio, el Ecuador no estuvo preparado para una crisis de tal magnitud ya que justamente experimentaba una crisis financiera debido a la caída de los precios del petróleo a $12 el barril. Adicionalmente a ello el gobierno presidido por León Febres Cordero tomó la decisión de entrar en moratoria de pago de la deuda externa, lo cual ocasionó el cierre de las líneas de crédito internacionales (El Comercio:2013). 

Las complicaciones en la economía nacional se hicieron evidentes por el colapso del ritmo de exportaciones de petróleo, puesto que con la rotura del SOTE el Ecuador dejó de exportar petróleo por el lapso de cinco meses aproximadamente, lo que causó la consecuente alza del precio de la gasolina y los servicios básicos. A esto se le sumó un crecimiento de la inflación ya que, entre los problemas antes citados, las elevadas cuotas de pago de deuda externa, no solo en Ecuador sino en toda América Latina impedían la realización de planes y políticas de inversión social, esto además con el beneplácito del FMI y el gobierno de Washington (CEPAL:2005). El resultado: una población mayoritariamente descontenta y un gobierno inestable. 

Otro de los eventos que hemos atravesado es el desastre de la Josefina ocurrido en 1993 durante el gobierno de Sixto Durán-Ballén, uno de los impulsores del modelo neoliberal en el Ecuador. El 29 de marzo de ese año, el cerro Tamuga colapsó hacia las zonas bajas del valle que unía a los ríos Cuenca y Burgay afluentes del Paute y el Jadán. Esto provocó la creación de un dique que inundó las poblaciones del Descanso, Ucubamba, La Victoria y Chuquipata. Pero lo peor llegó con el pasar de las horas puesto que el crecimiento de las aguas fue el anuncio del desbordamiento del dique y la destrucción de todas las poblaciones asentadas en los valles del Cabo, la Higuera, Paute y Zhumir.  Este evento transformó la geografía de la zona y provocó estragos económicos incalculables. De acuerdo al programa político del entonces presidente Sixto Durán-Ballén, las medidas adquiridas fueron la reforma a la ley de hidrocarburos que implicaba menor participación del Ecuador en los ingresos petroleros (del 90% al 33%) y en consecuencia el alza de las tarifas eléctricas. Adicionalmente a ello, la central hidroeléctrica de Paute se vio seriamente afectada por lo que el gobierno optó por un sistema de restricción de energía eléctrica en todo el país. Los apagones fueron la dinámica de Durán-Ballen y de ahí en adelante muchos años continuó este problema que representó pérdidas económicas graves al sector productivo. 

Durán-Ballén no corrió con gran suerte en su gobierno, poco tiempo después del desastre de la Josefina, el conflicto bélico con el Perú se acrecentó dando lugar a la conocida guerra del Cenepa que puso en riesgo la soberanía del país. De ahí la conocida frase de “ni un paso atrás” que pronunció el presidente para enardecer a la ciudadanía sobre un proceso económico devastador. La guerra sugirió la adopción de medidas que nuevamente atacaban a las grandes mayorías de la población. Sumado a la crisis energética, se impuso una contribución al rodaje y se negociaron los denominados bonos Brady que como política macroeconómica reducían en gran medida la posibilidad de los Estados para generar programas de inversión social. Esto por la necesidad de promover alianzas productivas para garantizar el pago efectivo de la deuda externa. Todas estas medidas deterioraron la economía nacional y llevaron al país a un escenario de incertidumbre general. 

Mucho se puede escribir sobre los desastres que han azotado a nuestro país, y de igual forma se puede hablar de las diversas medidas económicas que los gobiernos adoptaron para superar las crisis. Todas estuvieron enfocadas a garantizar el pago de la deuda externa y a proteger a los grandes grupos económicos. Sin embargo el pueblo debió aceptarlas porque era la única forma, decían ellos, de combatir el embate de la naturaleza. 

Un evento que no fue producto de esto sin embargo, fue la grave crisis de 1999, durante el gobierno de Jamil Mahuad, no quiero insistir mucho en lo que representó para el país el “feriado bancario”, pero es importante anotar que gracias a las recomendaciones de los partidos de mayoría en el Congreso Nacional, se propuso la eliminación del impuesto a la renta, para reactivar la economía nacional y en su defecto se planteó el impuesto a la circulación de capitales (ICC), propuesto por el PSC, lo que dio paso al retiro de fondos por parte de la ciudadanía y de empresas de las instituciones financieras y la consecuente iliquidez de dichos organismos. Esto, entre otras múltiples medidas antipopulares, provocó uno de los desastres financieros más impactantes de toda la historia del Ecuador. 

Aun así, la ciudadanía se mantuvo firme en seguir produciendo y hacerle frente a los problemas. Miles de ciudadanos decidieron abandonar el país y buscar mejores condiciones de vida en otros países. El desfalco económico superó los 8 mil millones de dólares, y todavía quedan cifras impagas y heridas profundas como la desarticulación de miles de grupos familiares. 

Hoy la naturaleza ha vuelto a darnos una advertencia y, pese a que todavía no se contabiliza el número total de víctimas, el saldo es trágico y la reconstrucción tomará años. En palabras del presidente Rafael Correa, la solidaridad del pueblo ecuatoriano no únicamente debe evidenciarse en la entrega de donaciones de lo que muchos o pocos puedan dar, sino en un sistema solidario de contribución organizada. Para ello las acciones han sido claras, el incremento de 2% al IVA, de 3% a las utilidades, 0.9% de contribución a personas naturales que posean un patrimonio superior a un millón de dólares, contribución de un día de sueldo por mes por cada mil dólares y la venta de activos del Estado. Como compensación, las zonas afectadas están exentas de dichas medidas y no existirá ningún tipo de alza de servicios básicos ni de transportes, así mismo se espera que tampoco exista un incremento importante de inflación. La idea, ha dicho el gobierno, es reactivar la economía cuanto antes y dar dignidad a los miles de damnificados. 

Es un hecho que durante estos días se ha visto la mayor demostración de solidaridad de la ciudadanía ecuatoriana para con sus hermanos de la costa, nunca antes el pueblo había reaccionado de esta forma. Así como tampoco se habían definido medidas paliativas a esta crisis como las que este gobierno impulsa en la actualidad. Mi abuela decía… amanecerá y veremos… ya se están haciendo visibles los intereses de grupos de poder que insisten en el desacuerdo de cualquier propuesta económica impulsada por el gobierno, pero lo más anecdótico es que días atrás esos mismos grupos han llamado a la solidaridad y a la unidad nacional, solicitando contribuciones de todo tipo. 

¿Qué es lo que mueve a la gente a ser solidaria en momentos de crisis? El comportamiento humano es complejo ciertamente, he visto miles de imágenes de personas entregando sus donaciones, miles haciéndose fotografías con su colaboración y colgándolas en redes sociales. El comportamiento es visual, es ejemplificador, es demostrativo. Ahora que nadie podrá hacerse un selfie con una factura de compra que involucre el incremento del 2% de IVA ¿resultará un efecto similar en la conciencia colaborativa? 

Yo creo firmemente en la franqueza y sencillez del pueblo ecuatoriano, pero hay muchos intereses que nos confunden y nos disparan con sus mentiras. El 2017 será un año electoral y hay que preparar el camino, por eso no hay que asombrarse que las coaliciones de oposición se valgan de cualquier pretexto para amedrentar a la ciudadanía. Yo confío y estoy segura que esto no será una caída sino un constante levantar.

Amanecerá y veremos decía mi abuela…



Isabel Astudillo 
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