La crisis como oportunidad


La noche del 20 de abril, durante una cadena nacional, el presidente de la República, Rafael Correa, anunció medidas orientadas a canalizar recursos para mitigar el impacto de la peor catástrofe natural que ha vivido el país. Por mandato constitucional, al presidente le está permitido en estado de excepción, destinar recursos a la reconstrucción al igual que a las iniciativas de rescate y asistencia.

De manera preliminar se establece una contribución de 2 puntos porcentuales por concepto del Impuesto al Valor Agregado (IVA) durante un año. Adicionalmente se realizará una contribución del 3% sobre las utilidades. Las personas naturales con patrimonio que supera al millón de dólares realizarán una contribución única de 0,9%. A las personas que ganen más de mil dólares se le solicita un día de sueldo. Adicionalmente, el Estado venderá algunos activos que permitirá la canalización oportuna de recursos al fisco para la iniciativa de recuperación.

Lo que se le está solicitando a la ciudadana no es inaudito. Existe el precedente, pues en el año 95 el gobierno de Sixto Durán Ballén implementó una medida similar para financiar el conflicto fronterizo del Cenepa. Durante el terremoto del año 87, también se implementaron medidas como el incremento del precio de combustibles, se congelaron salarios y se declaró moratoria de deuda. Se convoca al espíritu solidario del país para asumir un sacrificio que servirá para levantar de las ruinas a un pueblo devastado.

Surgen algunos elementos de reflexión sobre las medidas que anunció Correa. Primeramente, tranquiliza el ver que quienes están encargados de liderar el manejo de este complejo momento han demostrado resolución, firmeza y capacidad de tomar decisiones que permitirán actuar de manera oportuna. Ese liderazgo es necesario para orientar a todo el contingente público como privado de manera organizada, estructurada y en base a la planificación. Por lo mismo, cabe destacar que esta es una oportunidad para establecer un precedente de descentralización y desconcentración de la política pública como nunca antes. No cabe duda que mucho del problema en las zonas afectadas ha sido la falta de planificación urbana y capacidades institucionales de los gobiernos locales. Muchos de los pueblos y ciudades que han sufrido los mayores impactos, son curiosamente localidades que crecieron desmesuradamente y sin el ordenamiento territorial respectivo. Es así que la institucionalización de la planificación se vuelve el pilar fundamental del desarrollo en estas localidades y en esta coyuntura.

De esta manera, el Estado en sí no es una entelequia, no es pues un ente abstracto y abstraído de la dinámica de producción nacional sino su eje motivacional, y esto no es lírica barata. En pocas semanas los canales de TV, los espontáneos rescatistas de ‘selfie’ y los simples curiosos se retirarán de la zona de desastre y entonces ¿quién quedará para continuar con la ya no tan glamorosa tarea de levantar las ruinas de las ciudades destruidas? El Estado y su institucionalidad serán los únicos que estarán allí para responder toda necesidad que tenga la población.

En ese contexto, es simplemente muy equivocado asumir, como algunos opositores lo hacen, que el Estado es un estorbo burocrático que no conduce a la consolidación de políticas públicas eficientes. Pienso que en estos momentos, justamente en estos momentos tan delicados, no puede haber algo más canallesco que descalificar al único aparato que está (y debe estar) en capacidad de responder a la urgencia de la catástrofe. Posicionar esa idea es simplemente negar a los afectados la gran herramienta nacional capaz de levantar lo que ha quedado arrasado, cuando en su lugar bien se puede apostar a ese gran brazo ejecutor para que se convierta en el eje articulador de todo un esfuerzo conjunto que no solo sea útil sino además dinamizante, pues en la reconstrucción se generará todo tipo de inyección y liquidez a una economía que tambaleaba.

De la crisis surge una oportunidad dice aquel proverbio antiguo. En realidad esta es una oportunidad de pensar en la reactivación económica y en la reconstrucción ordenada de las ciudades afectadas, pensando en el ser humano, en el ciudadano y sus necesidades básicas. ¿Qué mejor que se lo haga de forma ordenada y planificada? Y más aún, que se lo haga sin incurrir en el endeudamiento pernicioso. El flujo de recursos, tanto reembolsables como no-reembolsables, para la reconstrucción se incrementa a paso acelerado. Es momento de pensar genuinamente en las ciudades que queremos al igual que el desarrollo que necesitamos. Sé que se avecina un debate largo pero constructivo pues de los escombros renacerá la región costa y sus pueblos siempre resilientes. 

Finalmente, y esto va para los demás que estamos lejos de esa tragedia y, sobre todo, para aquellos que creen que el incremento temporal de dos puntos al IVA es más catastrófico para su economía personal, que lo que les pasó a miles de ciudadanos manabitas que lo perdieron todo, es menester pedirles que piensen bien en esa frase que tanto han masticado estos días: poner el hombro. Ahora sí, lejos de la decadente exposición de las redes sociales que lo banalizan todo, nos toca genuinamente y de manera anónima -algo que muchas personas carentes de atención detestan- poner el hombro a todos los que conformamos el Estado, porque todos somos el Estado: ciudadanos de a pie, burócratas, empresarios, asalariados, mujeres, jóvenes, adultos. Todos.

La reactivación se logrará con sudor y emprendimiento. Demorará, pero se logrará pues la adversidad no es desconocida para los ecuatorianos. La precariedad de vivir en un entorno maravilloso y peligroso a la vez nos ha enseñado colectivamente y generacionalmente a recibir golpes gigantescos y a ponernos nuevamente en pie. Hoy volveremos a levantarnos.                                                                                                                                                                                                                                
Por Mateo Izquierdo
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